La muestra El pintor Antoni Viladomat (1678-1755). El relato pintado que se podrá visitar en el Museu de Lleida: diocesà i comarcal desde el 12 de mayo hasta el 2 de noviembre de 2014, forma parte del conjunto de exposiciones dedicadas al pintor Antoni Viladomat programadas dentro de los actos de celebración del Tricentenario y comisariadas por el Dr. Francesc Miralpeix, profesor de la Universitat de Girona. De manera simultánea pero diversa, la figura y la obra del pintor más relevante de la primera mitad del siglo XVIII en Cataluña se podrá contemplar en su totalidad en el Museu de Lleida: diocesà comarcal, en el Museu d’Art de Girona, en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, en el Museu de Mataró y en el conjunto de los Dolors de Santa María de Mataró.
La exposición prevista en Lleida es una gran ocasión para contemplar una elección exquisita de obras de gran formato, siete de ellas integrantes del conjunto de veinte pinturas dedicadas a la Vida de san Francisco del antiguo convento franciscano de Barcelona, depositadas por la Real Academia Catalana de Bellas Artes de Sant Jordi en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. Las historias de la serie franciscana, de un naturalismo contenido y sereno, contienen la esencia de la propuesta estética de Viladomat y la clave de su ulterior éxito. Este conjunto tan notable de pintura de temática religiosa irá acompañado de tres obras “leridanas”: la Santa Cena, una de las más grandes y mejores de su extenso catálogo, y los óleos sobre tela recientemente restaurados Aparición de Cristo a santa Teresa y Jesús encuentra a su madre, provenientes del monasterio de las monjas carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús de la Caparrella, que excepcionalmente saldran por unos meses dele estricto ámbito de la clausura monástica. Al mismo tiempo, Lleida también acogerá otra de las mejores obras del repertorio del pintor: el cuadro Jesús entre los doctores del Monasterio de Montserrat.
Con todo, la muestra del Museu de Lleida: diocesà i comarcal nos reserva una sorpresa de gran interés para la ciudad. Se trata de una representación de santa Quiteria ante una vista inédita de Lleida. En el lado inferior izquierdo del cuadro figura la heráldica de la ciudad y, al fondo, una recreación de la Lleida de los primeros decenios del siglo XVIII. Una comparación con la Vista oriental de la ciudad de Lérida (1783) de Juan Fernández Palomino (1787) o con la detalladísima descripción de Lleida dibujada por Antonis van Wyngaerde en 1563 es suficiente para descubrir el puente sobre el río Segre —con el portal justo en medio—, el perfil de la Seu, la Suda, el convento de los dominicos e incluso el castillo de Gardeny, al fondo. Aunque proviene de una colección barcelonesa, no es nada atrevido deducir su origen leridano.
Desde finales del siglo XV, el culto a santa Quiteria tomó un nuevo impulso en la ciudad del Segre gracias a un acuerdo de la Paeria, que institucionalizó la festividad de la santa. El acuerdo respondía al hecho de que en el monasterio de San Hilario, ubicado en los terrenos donde hoy se alza el Hospital Provincial, se conservaba una relíquia de la cabeza de la santa que había hecho “molts he innumerables miracles en moltes e diverses persones tocades ho perilloses de mal de rabia”, según detallan los documentos de la época. El monasterio resultó muy dañado durante la Guerra de los Segadores (1640-1452), y se desconoce que acabó pasando con tan célebre relíquia. Sea como sea, esta pintura demuestra que la devoción por la santa aún estaba bien viva en la ciudad años después, en tiempos del pintor Antoni Viladomat.
Desde el punto de vista estilístico, la pintura, que justo ahora se presenta por primera vez en público, es excepcional: la santa Quiteria tiene el aire sufrido de las santas de la pintura napolitana del barroco, aunque con la contención expresiva habitual de las figuras femeninas de Viladomat. El cuchillo que recuerda su trágico martirio —puesto en diagonal, sobre la peana antigua—, la delicadeza del tratamiento de su rostro, el detalle preciosista de las joyas o la paleta de intensos turquesas del cielo subrayan la calidad de esta obra inédita, que debe datarse hacia 1720-1740 y que reclama ser considerada entre las mejores del catálogo del pintor.


